Remoto: La evolución del lujo

Cuando la aristócrata danesa Karen Blixen llegó a Kenia en 1914, con 28 años, con toda probabilidad sintió esa sensación de estar en un lugar remoto, a miles de kilómetros de distancia de su Dinamarca natal y a años luz de la cultura, tradiciones, lengua y paisajes que habían formado parte de su imaginario vital hasta ese momento.

Tuvo que cambiar el corsé y los vestidos por pantalones y botas altas, aprender a manejar un fusil y ser capaz de crear un hogar en un lugar recóndito, rodeada de una naturaleza salvaje y de nativos a los que no entendía

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A lo largo de la historia, lo remoto ha ejercido siempre un influjo poderoso sobre generaciones de viajeros y exploradores que, poniendo kilómetros de por medio, se han embarcado en la mágica aventura de descubrir y descubrirse a través de bosques lejanos, islas vírgenes, montañas inaccesibles, mares inexplorados, ciudades escondidas y culturas, etnias y tradiciones desconocidas.

El propio concepto de remoto ha ido evolucionando a lo largo del tiempo y, si antes se relacionaba habitualmente con larguísimas distancias y lugares inaccesibles, hoy en día lo remoto se ha convertido también en algo asociado a experimentar el lujo de la autenticidad.

No es necesario viajar siempre a la otra punta del mundo para vivir una experiencia remota. Podemos sentir esa indescriptible e inolvidable sensación que aporta lo remoto en un lugar no lejano pero inaccesible, escondido, desconocido para la mayoría, que aún no ha sido colonizado por el turismo de masas. Destinos en los que prima lo auténtico, lo local y lo sostenible. En lo remoto cabe una isla lejana pero también un bosque inexplorado, un hotel de lujo local o una experiencia auténtica. En nuestro mundo del S.XXI globalizado e interconectado en el que parece que no quede nada por descubrir, podemos asociar también el concepto remoto con lo offline y atrevernos a vivir el lujo de desconectar para reconectar con nuestra esencia y nuestro ser.

Lo remoto y lejano, lo misterioso y mágico, lo auténtico e inexplorado, lo exótico y escondido… todos estos son algunos de los adjetivos que nos vienen a la mente a la hora de definir el concepto de isla. Esas pequeñas o grandes porciones de tierra rodeadas de mar, vulnerables y robustas a la vez, guardianas muchas de ellas de antiguas leyendas de dioses, mitos, naufragios, exploradores, piratas y con una energía que las convierte en un atractivo para los viajeros que buscan vivir lo remoto desde la autenticidad de la naturaleza.

En medio del Océano Índico hay una isla llamada Muravandhoo, en el atolón Raa, al norte de las Maldivas. Infinitas playas de arena blanca, bordeadas de palmeras cocoteras y un fondo marino repleto de arrecifes de coral hacen de esta isla un destino ideal para perderse y vivir meciéndose al ritmo que marcan las mareas, el Sol y la naturaleza. Sin tiempo, sin obligaciones, sin rutinas, en comunión con lo remoto del lugar que paradójicamente nos acerca a lo más profundo de nosotros mismos.

En esa isla, una de las prioridades de Joali es el de preservar el frágil equilibrio natural de las Maldivas. En este ecosistema, desde el insecto más pequeño a la palmera más grande, cada especie juega un papel importante en el equilibrio de este paraíso terrenal. Por ello, la construcción de Joali se llevó a cabo con una filosofía de bajo impacto, construyendo las villas alrededor de los árboles para evitar ninguna tala y conservar los 1.000 árboles que hoy forman parte del entorno. Hoy en día, la acidificación del mar empieza a ser una de las mayores causas de perdida de coral, y Joali cuenta con una bióloga marina que lidera en la actualidad un programa de recuperación del arrecife de coral.

Los desiertos siempre han sido asociados a lugares inhóspitos y remotos, lejanos e impenetrables. El salar de Uyuni es el mayor desierto de sal del mundo, con una superficie de 10.582 km². Está situado a unos 3.650 metros en el suroeste de Bolivia y a los pies del volcán Tunupa. El salar de Uyuni es la mayor reserva de litio en el mundo con el 50-70 % del litio mundial, e igualmente cuenta con importantes cantidades de potasio, boro y magnesio.

Se calcula que Uyuni contiene 10. 000 millones de toneladas de sal, de las cuales 25.000 son extraídas cada año. En el pasado, hace miles de años, el salar estuvo cubierto dos veces por agua: una por el lago Minchín hace 40.000 años y otra por el lago Tauka hace 12.000 años. 

Estas aguas que se evaporaron y dieron lugar a extensas capas de sal solidificadas que confieren a este remoto lugar la apariencia de desierto blanco lunar. Los únicos habitantes de esta zona tan enigmática son lo cactus gigantes, los flamencos y las comunidades de poblados como el de Jirira.

En medio de ese desierto de sal, nos sorprende Kachi Lodge, un original lodge ecológico integrado por un conjunto de domos o cúpulas de estilo geodésico. El lodge se alimenta de energía solar, practica una política de plástico 0% y hasta las cúpulas de los domos son reciclables.

Otra manera de internarse en el infinito mar blanco de sal, es con la casa a cuestas en una airstream adaptada con una cómoda habitación doble, cuarto de baño completo, y un 4×4 para recorrer libremente el salar. Además, un chef acompaña en todo momento para disfrutar de una gastronomía regada de toques locales.

Entre mediados de Enero y fines de Febrero, algunos años hasta Marzo, el salar se inunda recogiendo agua de todos los pequeños torrentes que desembocan en su llanura. Esto produce una inundación de unos pocos centímetros por todo el salar, produciendo un efecto espejo sobre el cual se puede circular en coche creando una oportunidad para hacer unas fotografías increíbles.

Los antiguos griegos utilizaban el nombre “Ultima Thule” para describir el reino desconocido que se encontraba más allá de los límites del norte de sus mapas.

Mucho antes de que los colonos europeos vinieran a Alaska, las tribus locales de Athabascan enviaron expediciones de exploración a este valle. Esas expediciones nunca volvieron. Aún hoy en día, los ancianos de Glenallen explican que su gente creía que el valle estaba encantado y, por ese motivo, nunca se establecieron aquí.

Pero en 1958, John Claus, un profesor apasionado por la naturaleza y la aviación, voló por primera vez sobre esta zona y se enamoró de una parcela de tierra cercana al río Chitina. El gobierno le concedió 5 acres y, armados solo con hachas, John y dos esquimales construyeron la primera cabaña de troncos a orillas del Chitina. 

A lo largo de los años, el río se inundó dos veces y el asentamiento se desplazó hacia la ladera de la montaña. Desde entonces, Ultima Thule ha crecido y ahora ofrece todo el lujo y la hospitalidad de la civilización a los viajeros en una de las zonas naturales más profundas e inhóspitas de Alaska.

En 1982, el hijo de John, Paul, junto con su familia hicieron de esta tierra su hogar permanente y comenzaron a construir este exclusivo lodge, situado a 160 kilómetros de la carretera más cercana, en la reserva protegida más extensa del planeta, el Parque Nacional Wrangell-Saint Elias de Alaska. A Ultima Thule solo se puede acceder en avioneta y la familia Claus asegura que es de las zonas del planeta en las que aún es posible visitar lugares donde nunca ha estado ningún ser humano.

El médico, explorador y misionero británico David Livingstone se adentró por primera vez, junto a su mujer y sus hijos, en el desierto del Kalahari en el año 1849, donde descubrió el lago Ngami, en Botswana, y llegó hasta el río Zambeze dos años después.

El ansia por explorar y cartografiar los lugares más remotos del continente africano provocó una auténtica fiebre de expediciones europeas a finales del siglo XIX. Han pasado casi dos siglos y África sigue manteniendo ese magnetismo y toda la magia de lo remoto atrayendo a viajeros ávidos de experiencias exclusivas y auténticas en lejanos parajes de sorprendente e inigualable belleza.

El escritor Ernest Hemingway dijo en una ocasión: “Nunca supe de una mañana en África en la que al despertar no fuera feliz”. Y esto es lo que le debía suceder también a Jack Bousfield, un legendario cazador de cocodrilos y especialista en safaris, que instaló un campamento de safari en los años 60 en la zona de los salares de Makgadikgadi, en el corazón del desierto del Kalahari, al noreste de Botswana. Jack falleció en 1992 en un accidente de avioneta y su hijo Ralph fundó en memoria de su padre Jack’s Camp, uno de los campamentos más icónicos, exclusivos y elegantes de África.

Uno de los principales atractivos de este campamento son sus tiendas de safari estilo años 40, decoradas con mobiliario de estilo colonial, alfombras persas, tejidos victorianos y antigüedades. Los safaris, el paisaje, las puestas de sol y el silencio son espectaculares en este lujoso punto remoto de la África más auténtica.

¿Por qué viajamos a sitios remotos?

¿Para poner a prueba nuestro espíritu aventurero o para explicar historias sobre cosas increíbles?

Lo hacemos para sentirnos solos entre amigos y para encontrarnos a nosotros mismos en una tierra deshabitada.

George Leigh Mallory, escalador británico.

(Tomó parte en las tres primeras expediciones que proponían escalar el Everest).

Fotos: Elefant Travel

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Madrid – Barcelona – Bogotá

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